Por: Jonnier Alberto Angulo Ramírez

¿Dónde permanece una historia cuando nunca fue escrita?

Tal vez en la voz de quien todavía puede contarla. En una anécdota que regresa después de muchos años, en el sabor de un recuerdo, en el nombre de un lugar, en una experiencia que parecía lejana hasta que alguien pregunta y, de pronto, encuentra la manera de volver a decirse. En la Comuna 5, Memoria Viva nació precisamente de esa posibilidad: abrir un espacio para escuchar a las personas mayores y permitir que aquello que habita en su memoria pudiera circular nuevamente.

El proyecto comenzó alrededor de la lectura, pero pronto quedó claro que los libros eran apenas el punto de partida. Las historias seleccionadas funcionaron como herramientas detonantes para provocar conversaciones sobre la memoria, las emociones, las experiencias de vida y la tradición oral. Guillermo Jorge Manuel José, de Mem Fox, ilustrado por Julie Vivas; El pájaro del alma, de Michal Snunit; Los demonios caca, de Fabienne Loodts; y Dos alas, de Cristina Bellemo, ilustrado por Mariachiara Di Giorgio, ofrecieron distintas puertas de entrada a un territorio que no estaba dentro de las páginas, sino en quienes las escuchaban.

El verdadero relato comenzaba después de la lectura.

Memoria Viva se desarrolló en articulación con Centro Vida Castilla y la Fundación El Edén, espacios que reunieron grupos diferentes y, con ellos, maneras distintas de participar. No había una respuesta única ni una conversación completamente previsible. Cada encuentro estaba atravesado por las personas, por el lugar, por el momento y por las experiencias que cada participante decidía poner en común.

Al comienzo, muchas veces aparecía el silencio. Algunos permanecían reservados, quizá esperando. Pero bastaba con que alguien se animara a hablar para que algo cambiara. Una intervención abría otra. Un recuerdo conducía a una anécdota. Una experiencia encontraba eco en alguien más. Entonces, como se describió durante el proceso, “la pelota empezaba a rodar”.

Y cuando empezaba a rodar, la conversación ya no pertenecía únicamente a quien la había iniciado.

Cada participante podía descubrirse como protagonista de una historia singular. Aparecían recuerdos de infancia, familia, afectos, sabores, dificultades, aprendizajes y experiencias acumuladas durante años. La memoria dejaba de ser una idea abstracta y adquiría nombres, lugares y circunstancias concretas.

También aparecía el territorio.

Porque recordar no siempre significa regresar solamente al pasado. Muchas veces significa volver a un lugar. A un barrio. A una costumbre. A una forma de vivir que permanece en la manera de contar. Por eso, las conversaciones fueron vinculándose con Castilla, con sus espacios, sus saberes y su vida cotidiana. La oralidad se convirtió en una forma de reconocer que la historia de un territorio también se encuentra en las voces de quienes lo han habitado y transformado.

En ese sentido, la biblioteca adquirió otra dimensión. La lectura en voz alta y el recorrido por sus espacios y por el Servicio de Información Local permitieron reconocerla no solo como un lugar donde se encuentran libros, sino como un escenario para el encuentro y la memoria. Un espacio en el que la palabra escrita podía provocar otra clase de documento: el relato vivo de una persona.

Y allí estaba una de las claves de la experiencia. Memoria Viva no buscaba decidir qué recuerdo era correcto ni enfrentar una versión de la realidad con otra. Su propósito era conversar, compartir y dar vida a esas historias. Escuchar no significaba verificar cada relato como si se tratara de un expediente. Significaba reconocer el valor de aquello que alguien había vivido y elegido contar.

Con el avance del proceso, esa memoria comenzó a extenderse hacia el territorio y la naturaleza. Los árboles, las plantas, el agua y los saberes relacionados con el entorno entraron en las conversaciones. Lo que había comenzado con un libro encontraba ahora otras formas de expresión.

Fue en ese tránsito donde apareció con especial fuerza la Ceiba María, árbol ubicado en el Parque de los Amores, en el barrio Francisco Zea, reconocido en el proceso como patrimonio natural. Su presencia permitió enlazar memoria, territorio, cuidado y expresión artística.

José Alirio Vásquez Arango, residente, poeta y actor cultural de la comuna, puso palabras a esa experiencia desde otra perspectiva. Para él, volver a la naturaleza significaba también reconocer una dimensión espiritual y artística en ella; mirar el movimiento, la danza y la vida como formas de recuperar una esencia colectiva.

Su voz quedó acompañada por un poema dedicado a la Ceiba María. En sus versos, el árbol aparece como una “frondosa anciana de la eternidad”, una presencia que ha resistido, que guarda heridas y que continúa extendiendo su vida. La poesía hizo entonces algo semejante a lo que había hecho la lectura al comienzo: encontró una forma de decir aquello que el territorio provoca.

De ese recorrido también surgió el colectivo Ceiba María, integrado por participantes del Centro Vida Gerontológico y actores culturales de la comuna. La experiencia comenzó a prolongarse mediante acciones como A la sombra de la Ceiba, con una danza ceremonial, y PlantaFest, donde se reunieron documental, poesía, danza, expresión artística y los talentos de las personas mayores alrededor de la idea de “Volver a la Naturaleza”. También tomó forma la obra teatral Volvamos a la naturaleza.

Así, aquello que había comenzado como una conversación alrededor de un cuento terminó encontrando otras maneras de permanecer. La lectura abrió la conversación; la conversación despertó la memoria; la memoria condujo hacia el territorio; y el territorio encontró en el arte una nueva manera de ser contado.

El proyecto concluye su etapa durante este proceso, pero la historia que lo sostiene permanece abierta. Desde el Servicio de Información Local de la Biblioteca Pública Comfenalco Castilla existe la intención de continuar propiciando futuras alianzas, porque la necesidad no desaparece cuando termina una actividad. Castilla todavía guarda historias en la voz de sus mayores.

Quizá por eso la pregunta del comienzo tenga ahora otra respuesta.

¿Dónde permanece una historia cuando nunca fue escrita?

Permanece mientras alguien la recuerde. Mientras alguien pregunte. Mientras exista otra persona dispuesta a escucharla.

Y, a veces, permanece también cuando una voz consigue que aquello que parecía destinado al olvido vuelva a vivir.