Por: Jonnier Alberto Angulo Ramírez
El 19 de agosto, una parte de la huerta de la Institución Educativa Maestro Arenas Betancur terminó sobre una mesa. Estudiantes, docentes y familias recogieron algunos de los productos cultivados durante los meses anteriores y, con ellos, prepararon hamburguesas para compartir.
Después de ver crecer los cultivos y aprender a cuidarlos, podían comer algo que ellos mismos habían ayudado a producir.
Para entender cómo llegaron hasta allí, había que volver varios meses atrás, cuando todavía no había camas de cultivo ni alimentos sobre la mesa y la pregunta era otra: ¿qué puede pasar cuando una huerta se convierte en una oportunidad para aprender, encontrarse y relacionarse de otra manera con el contexto local?

Una historia que venía de antes
La historia tuvo un antecedente en 2025. El 7 de noviembre, la Biblioteca Pública Comfenalco Castilla y la Secretaría de Medio Ambiente desarrollaron un primer ejercicio de siembra con jóvenes de la Institución Educativa Don Bosco, sede Castilla. El Jardín Fresco de Guayaba de la Biblioteca fue escenario de encuentro, exploración y conversación.
Aquel ejercicio dejó abierta una posibilidad: llevar ese aprendizaje a otros escenarios y buscar nuevas formas de relacionar conocimiento, participación y entorno. En 2026, esa posibilidad llegó a la Institución Educativa Maestro Arenas Betancur, sede Castilla.
Allí ya existía un vínculo. Leopoldo Ardila, docente de Ciencias Naturales y coordinador del Proyecto Ambiental Escolar (PRAE), tenía una relación previa con la Biblioteca y había participado durante años en actividades culturales y comunitarias. Esa cercanía facilitó el encuentro con Jonnier Alberto Angulo Ramírez, responsable del Servicio de Información Local (SIL) y líder de la iniciativa.
La propuesta encontró un punto de conexión con el trabajo pedagógico de la institución y con el PRAE. Así se conformó el grupo de noveno 1, integrado por cerca de 30 estudiantes.
Antes de sembrar, tendrían que aprender a mirar.
Mirar antes de cultivar
El 17 de marzo, profesionales de la Secretaría de Medio Ambiente visitaron la institución para identificar el lugar más adecuado para establecer la huerta. Participaron Sebastián Marín, coordinador, y los gestores ambientales Milton Yuvan y Janer López. Encontraron un espacio con suelo disponible, suficiente amplitud y exposición solar. Una zona verde podía convertirse en un lugar para aprender.
Pero la siembra no comenzó con las semillas.
El 5 de mayo, los estudiantes participaron en el Recorrido Ciudadano: Del Asfalto a la Montaña, desarrollado junto con la Secretaría de Juventud, que apoyó el traslado, los refrigerios y el seguro de los participantes. El recorrido los llevó hasta la Comuna 8, Villa Hermosa, en el Cerro Pan de Azúcar, en una jornada relacionada con la apropiación de la realidad local y la conectividad global.
La salida permitió mirar otros paisajes y reconocer algunas transformaciones de la ciudad. Antes de intervenir un pequeño espacio dentro del colegio, los jóvenes pudieron preguntarse por algo más amplio: cómo se habita una ciudad y cómo se construye la relación con los lugares que se recorren todos los días.
Cuando aprender exige cuidar
El 2 de junio comenzó la instalación de la huerta. Los estudiantes prepararon el terreno y adecuaron cuatro camas de cultivo, donde sembraron alrededor de 12 variedades, entre ellas rábano, lechuga, cilantro, col y cebolla larga. La Secretaría de Medio Ambiente aportó el acompañamiento técnico, las plántulas, el compost y otros insumos necesarios para preparar y cuidar los cultivos.
Después vino una tarea menos visible: estar.
Regar. Observar. Esperar. Identificar cambios. Reconocer necesidades. Volver al lugar.
La huerta empezó a exigir una responsabilidad cotidiana que no podía resolverse únicamente con una explicación en clase. Había que regresar y mirar qué estaba pasando.
Para Leopoldo Ardila, allí estuvo buena parte del valor pedagógico de la iniciativa:
“Con este trabajo pudimos desarrollar el modelo pedagógico basado en proyectos (ABP), donde nuestros estudiantes participaron en la construcción de la huerta escolar y durante tres meses, con el apoyo de los agrónomos de la Secretaría del Medio Ambiente, ampliaron sus conocimientos y experimentaron en un espacio del colegio la responsabilidad de cultivar, ellos mismos, alimentos que luego, al cosechar, serían disfrutados en una jornada de integración con docentes, compañeros y padres de familia”.
La huerta puso el suelo, las plantas, los ciclos de vida y la responsabilidad frente a los estudiantes.
No reemplazó el aula. La extendió.
Lo que también se aprende conversando
El 28 de julio, cuando los cultivos ya hacían parte de la rutina del colegio, se abrió otro espacio de intercambio.
Víctor Giraldo, líder social y gestor cultural de la Comuna 5, compartió experiencias comunitarias relacionadas con la siembra en Castilla y conversó sobre las posibilidades de fortalecer procesos territoriales y comunitarios.
La conversación permitió mirar el cultivo desde otro lugar. Ya no se trataba únicamente de cómo producir alimentos, sino de las prácticas y conocimientos que existen alrededor de ellos y que también forman parte de la memoria de un territorio.
En ese contexto, Milton Yuvan, gestor ambiental que acompañó el trabajo, destacó una parte esencial:
“Uno de los mayores logros fue poder involucrar a los jóvenes en todo el ciclo: sembrar, cuidar, cosechar y consumir lo que ellos mismos ayudaron a producir”.
El alimento no apareció de repente sobre la mesa. Detrás había tiempo, cuidado y constancia.
Una semilla también cuenta una historia
Durante el cultivo surgieron conversaciones sobre soberanía alimentaria, conservación de semillas nativas, regeneración del suelo y formas de producción que entienden la vida como una red de relaciones.
Milton lo expresó así:
“Recuperar el cuidado de las semillas nativas, aprender a reproducirlas, protegerlas y compartirlas es también cuidar nuestra memoria y nuestra identidad”.
En la escuela, una semilla puede ser más que parte de un cultivo. Puede acercar a prácticas heredadas y a conocimientos que hablan de la relación entre las comunidades y su entorno.
Algo parecido ocurre con el suelo. Bajo la superficie suceden procesos que rara vez se perciben en la vida cotidiana: microorganismos, materia orgánica, minerales y otras dinámicas que sostienen la vida. La huerta permitió aproximarse a ellos desde la experiencia directa.
El día en que la huerta llegó al plato
Y llegó el 19 de agosto.
Estudiantes, padres de familia y docentes recogieron parte de los productos cultivados. Después compartieron un agasajo y utilizaron algunos de esos alimentos para preparar hamburguesas. Aquello que meses atrás había sido una semilla o una pequeña plántula ahora estaba entre las manos de quienes habían ayudado a cuidarlo.
Emmanuel Álvarez Sánchez, estudiante de grado noveno, recuerda ese día:
“Este día fue muy especial porque mis compañeros y yo vivimos una gran experiencia gracias a los agrónomos de la Secretaría del Medio Ambiente. Fue un espacio de mucho aprendizaje, en el que recibimos asesoría sobre cómo cultivar alimentos, qué se necesita y cómo cuidarlos. También fue muy gratificante ir cada día a regar los cultivos y ver, poco a poco, su crecimiento. La mejor experiencia fue preparar hamburguesas con los productos que nosotros mismos habíamos cultivado. Fue muy satisfactorio porque, además de disfrutar lo que sembramos, nos ayudó como grupo a estar más unidos y a compartir nuestros conocimientos”.
En su relato aparecen dos resultados difíciles de poner en una tabla: la satisfacción de ver crecer lo que se cuidó y la experiencia de compartirlo con otros.
El recorrido había llegado a un punto claro: de la maceta a la huerta y de la huerta al plato.
El SIL como puente
En medio de ese recorrido hubo un trabajo menos visible, pero decisivo.
El Servicio de Información Local no llegó a imponer una propuesta sobre el territorio. Su papel estuvo en reconocer relaciones que ya existían, identificar posibilidades y poner en contacto capacidades que podían encontrarse.
La relación previa entre Leopoldo y la Biblioteca facilitó el acercamiento a la institución educativa. El trabajo del PRAE ofreció un punto de conexión pedagógico. La Secretaría de Medio Ambiente puso a disposición su conocimiento técnico. La Secretaría de Juventud acompañó el recorrido. Un líder social aportó experiencias comunitarias. Los estudiantes y sus familias se involucraron directamente en la iniciativa.
El SIL ayudó a que esas piezas pudieran encontrarse.
En ese sentido, la información adquirió otra dimensión. No se quedó en el dato: sirvió para reconocer actores, abrir conversaciones y acompañar una iniciativa que ya tenía posibilidades dentro de la comunidad.
Muchas iniciativas territoriales no parten de cero. Hay personas, instituciones, conocimientos y proyectos que ya están en movimiento. A veces hace falta el puente para que puedan encontrarse.
La cosecha terminó; la huerta no
El proyecto llegó a su cierre el 19 de agosto, pero la huerta permanece en la institución. El espacio cultivado puede continuar vinculado al PRAE y a las dinámicas pedagógicas del colegio. También quedó abierta la conversación con la Secretaría de Medio Ambiente sobre futuras entregas de plántulas.
La participación puntual de la Biblioteca Pública Comfenalco Castilla y del SIL llega a su cierre dentro de esta iniciativa. Los vínculos construidos, en cambio, no desaparecen con el calendario.
Olga Mira, acudiente de Matías Muñoz, estudiante de grado noveno de la sede educativa Maestro Arenas Betancur, también vivió la jornada de cierre:
“Fui invitada a la actividad, resultado del trabajo de los estudiantes en la huerta de la institución. Me encantó porque involucró a los jóvenes en todo el proceso: la siembra, el cuidado, la cosecha y el uso del producto. También me gustó la información tan completa del agrónomo, Sebastián Marín; quien explicó cómo cuidar la huerta sin necesidad de químicos, la integración que hubo entre todos y el aprovechamiento de lo cosechado para preparar hamburguesas. Me parece que fue una actividad muy importante, ya que enseña a los estudiantes el amor por la tierra, lo bonito del trabajo en el campo, la satisfacción de comer lo que nosotros mismos sembramos, el respeto por el alimento y la relación y dependencia que tenemos con nuestra tierra y sus frutos”.
Su testimonio lleva lo vivido más allá del colegio. La familia aparece alrededor de la mesa, y con ella la posibilidad de que lo aprendido continúe en otros espacios.
Lo que queda
Los números ayudan a ubicar la jornada: cerca de 30 estudiantes, cuatro camas de cultivo, alrededor de 12 variedades y más de 60 plantas sembradas en la huerta.
Pero una parte importante de la historia no cabe en un informe.
Queda haber entendido que los alimentos tienen un origen. Queda la responsabilidad de volver cada día para cuidar algo que todavía está creciendo. Queda el descubrimiento de que el suelo está vivo y de que una semilla también puede contener conocimiento y memoria.
Y queda una huerta.
No como monumento al proyecto, sino como un espacio que puede seguir siendo utilizado, observado y transformado por quienes permanecen en la institución.
Milton lo resume:
“La huerta que queda en la institución es, entonces, mucho más que un espacio de cultivo. Puede convertirse en un aula viva, un banco de semillas, un espacio para recuperar saberes, un laboratorio para entender la vida del suelo y un punto de encuentro entre generaciones”.
La actividad terminó. La huerta quedó.
Y con ella, un lugar desde el cual todavía pueden surgir preguntas.