Por: Lina María Palacios.

 

«Solo el combate de las palabras dichas contra las palabras  
ya dichas permiten la ruptura del horizonte dado…»

Jorge Larrosa 

 

«¿Recuerdan dónde quedamos?».

 

La pregunta de la promotora de lectura desencadena un coro de voces. Una vecina recuerda un detalle que parecía insignificante; otra completa una escena; alguien más corrige el nombre de un personaje. Durante algunos minutos la historia vuelve a construirse entre todos. 
Se abre el libro en el lugar señalado por un separador que más parece un objeto literario y luego llega el silencio. No es un silencio incómodo. Es un silencio expectante, compartido. Los cuerpos se acomodan en las sillas. Las miradas buscan a quien lee. Los rostros parecen abrir un espacio para recibir las palabras y entonces comienza la lectura. 
Podría ser la historia de un caballero que confunde molinos con gigantes. Podría ser el recuerdo de un coronel frente a un pelotón de fusilamiento. Podría ser el inicio de un cuento que comienza con un Había una vez. Es importante el libro escogido, pero realmente este es el momento del club de lectura. La cita semanal: lo que ocurre en ese instante es que un grupo de personas decide escuchar la misma historia y recorrerla juntas. «Una pasa muy bueno aquí..., se entretiene y no se queda acostada en la casa», dice Luz Marina Arbelaez con un gesto pícaro que conduce a los asistentes al club, a risas y miradas cómplices.  
Todos los sábados, entre las dos y las cuatro de la tarde, este acontecimiento se repite en la Biblioteca Pública Centro Occidental, ubicada en el sector El Salado de la Comuna 13 de Medellín. Allí, alrededor de veinte personas, en su mayoría mujeres adultas, participan del Club de Lectura Abraxas. 
A simple vista podría parecer una reunión más. Personas sentadas en círculo conversando sobre libros. Sin embargo, basta agudizar la mirada algunos minutos para comprender que se trata de algo distinto. Rosa Elena, una fiel asistente al club de lectura, afirma que este espacio es como su terapia semanal: «aquí se ríe y por un momento se disfruta el estar». 
Una reunión puede ser apenas la coincidencia de varias personas en un mismo lugar. Un encuentro, en cambio, nace de la voluntad de conectar. Es la decisión de interrumpir la rutina para escuchar al otro, preguntar cómo ha estado, celebrar una buena noticia o acompañar una tristeza. Es compartir una taza de tinto, una aromática o un vaso con agua fría antes de abrir el libro. Es reconocer que detrás de cada lector existe una historia. 
La lectura en voz alta tiene algo de acto generoso. Quien lee, presta su respiración a las palabras, presta su cuerpo a la historia. La voz da ritmo, intención, emoción y sentido. El aura que acompaña este ejercicio de lectura en voz alta hace que los personajes adquieran presencia; y, las escenas, encuentran una forma de habitar el aire de la biblioteca. Pero la lectura en voz alta no ocurre únicamente en quien lee. También sucede en quienes escuchan. 
Mientras la voz avanza, cada oyente construye imágenes propias. Un mismo personaje tendrá distintos rostros; una misma casa será imaginada de maneras diferentes. La lectura compartida es, conjuntamente, una experiencia colectiva e íntima. Todas y todos escuchan la misma historia, pero cada uno la completa con sus recuerdos, sus afectos y preguntas. Tal vez allí resida una parte de su encanto. 
En una época marcada por la velocidad, donde gran parte de la comunicación ocurre a través de las pantallas, sentarse durante dos horas en una biblioteca pública a escuchar una historia parece un gesto sencillo. Sin embargo, es precisamente esa sencillez la que resulta extraordinaria. Escuchar exige tiempo. Exige atención. Exige la disposición de permanecer. Cada sábado, el club de lectura demuestra que los libros pueden hacer mucho más que transmitir historias: crean comunidad. Quizás esa sea una de las funciones y sentidos más profundos de una biblioteca pública. No solo conservar libros, sino ofrecer espacios donde las personas puedan encontrarse. Porque al final, cuando el libro se cierra y las conversaciones continúan alrededor de una taza de café o de una aromática, lo ocurrido allí, trasciende la lectura. 
Cada encuentro de Abraxas en ese rincón de la Comuna 13 añade una página más a la construcción de una comunidad. Y toda comunidad comienza de la misma manera: con una voz que se atreve a contar una historia y con alguien dispuesto a escucharla.