Por: Ana María Arboleda.
Hay dos actos que, vistos desde afuera, parecen pertenecer a mundos distintos: leer y correr. Uno sucede en la quietud; el otro en el movimiento.
Uno convoca el silencio de la mente; el otro el ritmo del cuerpo y las pulsaciones del corazón. Sin embargo, si se observan detenidamente, ambas comparten algo esencial: son prácticas que entrenan los sentidos, que retan el pensamiento, que exigen compromiso para llegar a la meta, que nos cambian después de la primera vez.
En los últimos años el running se ha convertido en una tendencia. Parques, ciclovías, avenidas y senderos se llenan de corredores que hablan de preparación, metas, kilómetros, respiración, maratones. Correr exige disciplina, constancia y un estímulo físico que fortalece el cuerpo. Hay que elegir los zapatos adecuados, regular el ritmo, escuchar las pulsaciones, aprender a atravesar el momento en que el cansancio aparece y el trayecto se vuelve difícil. Pero la lectura no es tan distinta.
Leer también requiere preparación. No se trata solo de abrir un libro: es entrar en una disposición particular. Encontrar un tiempo, un lugar, una pregunta, incluso, una posición... tal y como lo narra Italo Calvino al inicio de su libro Si una noche de invierno un viajero: “Adopta la postura más cómoda: sentado, tumbado, aovillado, acostado. Acostado de espaldas, de costado, boca abajo. En un sillón, en el sofá, en la mecedora, en la tumbona, en el puf. En la hamaca, si tienes una hamaca. Sobre la cama, naturalmente, o dentro de la cama. También puedes ponerte cabeza abajo, en postura yoga. Con el libro invertido, claro.”
Quizás por eso valdría la pena pensar la lectura como pensamos el running: como una práctica que se entrena. Como una experiencia que se cultiva. Como un ritual que se prepara. Como un encuentro consigo mismo. Como un ejercicio cotidiano que también podría convertirse en tendencia. Tal vez ha llegado el momento de poner de moda la lectura.
Con la lectura, las primeras páginas pueden exigir paciencia. Pero cuando la mente entra en ritmo —cuando las distracciones desaparecen— las palabras empiezan a fluir como pasos. El lector avanza dentro de la historia del mismo modo en que el corredor avanza por el camino.
La literatura ha sabido captar muy bien esa relación entre cuerpo, pensamiento y movimiento. Un ejemplo notable es la novela Una mujer corre de la escritora argentina Bibiana Ricciardi, publicada por la editorial Caballito de acero en el año 2020, donde seguimos a una mujer que corre por las calles de Buenos Aires mientras su mente recorre, al mismo tiempo, los paisajes de su propia memoria. A medida que avanza, nosotros avanzamos con ella, el ritmo de su marcha marca nuestro propio ritmo de lectura, somos uno solo corriendo junto a la protagonista donde aparecen recuerdos: el padre, una amiga, una enfermedad, la vida familiar. Cada paso abre una reflexión; cada respiración activa una memoria. La novela propone algo fascinante: pensar con el cuerpo. Mientras corre, la protagonista enfrenta sus miedos. El movimiento abre una conversación interior que tal vez no sería posible en la quietud. Las pulsaciones del corazón acompañan el flujo del pensamiento, y el trayecto físico se convierte también en un recorrido emocional. Ahí aparece una analogía poderosa: correr ayuda a enfrentar los miedos. Leer ayuda a develarlos.
Ambas prácticas nos ofrecen la posibilidad de avanzar, de escucharnos, de comprendernos un poco más en el trayecto. A veces con el cuerpo en movimiento; otras, con la mente atenta y abierta. Una mujer corre está disponible en las bibliotecas de Comfenalco Antioquia, espacios pensados como puntos de partida donde siempre hay un camino por descubrir.
Los invitamos a acercarse, a buscar este libro y muchos otros materiales de lectura, a entrar sin prisa, a elegir su propio ritmo. Porque, así como un paso lleva a otro, una lectura conduce a la siguiente. Y en ese ir y venir —entre páginas y caminos— siempre hay algo nuevo que nos espera.