Por: Laura Jaramillo.
Relatar es donde nace la palabra, la posibilidad de contar, remitirse a lugares habitados, volver a los pasos ya caminados y las huellas que dejamos; es repetir las palabras dichas y hacer que otros las conozcan.
En este sentido, relatar también podría ser una forma de resistirse al olvido, por ello la importancia de convertir el relato en un sinónimo de memoria, plasmarlo en el papel para que perdure en el tiempo.
El relato es una excusa para caminar y describir los pasos, para escuchar a los otros, sus historias, experiencias mismas de la vida; y así, a través de la palabra y las letras, poder llegar a diversos escenarios y personas. Es bajo este pretexto que la Sala de Lectura Oriente y el Servicio de Información Local del Ecosistema de Bibliotecas de Comfenalco Antioquia va al municipio de Sonsón, un pueblo que de entrada te hace sentir en casa: el frío, las montañas —tener a la vista un páramo es maravilloso—, su arquitectura colonial. El tiempo allí pasa más lento, tiene una especie de magia.
Lo que convoca a la biblioteca en este municipio, es visitar el centro penitenciario. Entre la expectativa de lo desconocido y el asombro que esto suscita, encontrarse con la fragilidad humana, con sus sombras, con los prejuicios sociales, en contraste con el descubrimiento de nuevas realidades, inicia el proceso de cultivar el amor por las historias.
El edificio es una fachada colonial, tiene la apariencia de una casa vieja. Adentro hay una cárcel. Los dragoneantes con sus protocolos habituales. La primera zona al ingresar es un taller de ebanistería donde los muchachos trabajan. Posteriormente, unas escalas, y allí, alguien que hace la labor de barbero. Al final, el patio principal. Se percibe un olor muy fuerte, una mezcla de cigarrillo con humedad, encierro, tierra, soledad, hastío, y quizá, un poco de desesperanza. Comienza la historia...
Adentrarse en la cotidianidad, las conversaciones y las preguntas con quienes allí viven, acrecienta la sensación de estar en un no-lugar. Las narraciones del otro vislumbran ese no habitar en el mundo en el que se convierte una cárcel. Parece que el tiempo estuviera detenido; da la impresión de que la humanidad que la habita se va perdiendo entre las altas paredes y sus corroídos barrotes. Pese a la sensación de no ocupar un lugar, estos hijos, hermanos, padres, estos hombres, están llenos de historias para compartir. Con ellos nace un proyecto bibliotecario nombrado Relatos del no-lugar, el cual tiene la intención de reflexionar a través de sus voces acerca de las diferentes maneras de leer y escribir el mundo.
Este es un proyecto que nace de la convicción de que los procesos bibliotecarios pueden llegar a diversos contextos y transformar la vida de las personas, que permite desligarse de prejuicios para centrar la atención en el ser. Es la oportunidad de relatar las experiencias propias, y que, sin duda, para quienes lo acompañan, cambia por completo su manera de ver el mundo.
Inicialmente el proyecto aborda “El lugar del cuerpo” como el primer territorio que se habita, que hace parte de la identidad, donde se pueden cartografiar los dolores, las cicatrices, pero también el amor y los sueños. A partir de ello, se da lugar a la escritura para contar sus historias, poner en palabras lo que pasa por el territorio del cuerpo. Un segundo eje que se desarrolla se nombra “El lugar que habito”. Este habla de la cárcel como un territorio que origina unas disposiciones en su cotidianidad: la camaradería, ciertas hostilidades y añoranzas. El tiempo se minimiza en las rutinas. Y para cerrar, “El lugar de la memoria”, y los sueños para volver sobre las raíces, y la esperanza de retornar en algún momento a lo que se ama.
En definitiva, el relato se hace recuerdo, es la ocasión para mirarse y ser visto por el otro, es poner el tiempo en otro lugar, acompañarse, escucharse y permitir que la voz vaya más allá de las rejas para que otros puedan escucharla.