Por: Paola Cardona.

Hoy, cuando el clima es tema de conversación, hacemos un repaso por algunos libros que nos llevan por el frío o el calor, en sus atmósferas y emociones.

¿Quién no ha sentido el bochorno del Caribe en los relatos de Gabriel García Márquez o el crujir de dientes al leer sobre un pueblo en el que recrudece la tormenta en Nieve, de otro nobel literario, Orhan Pamuk? Tan fuerte es el poder de la literatura que un relato es capaz de hacernos sentir calor o frío con palabras que construyen atmósferas, que llevan al lector por viajes climáticos y por las emociones que se permean de ellos. 

Y, en ese juego de grados centígrados, los promotores de lectura de Comfenalco Antioquia proponen algunos cuentos, novelas y autores, que se encuentran en el catálogo de las bibliotecas de la Caja, y que invitan a travesías por entornos áridos y helados, que propondrán miradas diferentes de las historias. 
Ana María Arboleda, promotora de lectura de la Biblioteca La Aldea, recuerda Blancura, de Jon Fosse, el más reciente Nobel de Literatura, autor y dramaturgo, que inicia una tarde de finales de otoño en la que ya casi no hay luz y comienza a nevar. La madre, de Máximo Gorki, es una novela rusa y, como en muchas de ellas, hay bajas temperaturas y una tremenda necesidad de calentarse al lado de los samovares. “Me encantan, además, dos lecturas infantiles que se llaman Versos para leer con paraguas y En casa de mis abuelos, que evocan también el frío y los rituales ante las épocas de lluvia”. 

En Orlando, de Virginia Wolf, hay unos capítulos donde hace tanto frío que hasta los pájaros se congelan en el aire, expresa Luis Carlos Velásquez, promotor de lectura de la Biblioteca Castilla. Y si aún se necesita una dosis de viento helado, pone el radar en otras dos “frías” lecturas: la novela gráfica La enciclopedia de la tierra temprana, de Isabel Greenberg, y País de nieve, de Yasunari Kawabata. 

“Era el verano aquel en que no llovía nunca; una oxidada sequía lo envolvía todo; a veces, el polvo que se levantaba al pasar un coche se sostenía inmóvil en el aire durante una hora o más”, se lee en Niños en su cumpleaños, un relato corto de Truman Capote.  

El terreno árido en Pedro Páramo es casi un personaje; al igual que las selvas húmedas y abochornantes en La vorágine, de José Eustasio Rivera, y de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Némesis, de Philip Roth, se desarrolla en medio de un calor asfixiante mientras narra una epidemia en Nueva Jersey, y En diciembre llegaban las brisas, de Marvel Moreno, arriba también el sofoco, no solo por el entorno a orillas del Atlántico, sino por el ambiente político y social.   

En Cien años de soledad, García Márquez narra que en Macondo llueve por cuatro años, once meses y dos días seguidos, rememora Ana María, que cae en cuenta de otro caso climático que interpreta de su lectura de Rayuela, de Cortázar: “Hay un capítulo donde su protagonista es el calor. Uno siente hasta que suda. Es el 41. Esto no es literal, claro, pero al personaje, Oliveira, le daba el sol en la cara a partir de las dos de la tarde, tenía mucho calor, pero como creía en la eficacia de la autosugestión se dijo, 'Qué frío bárbaro hace'”.  
 
De clima fluvial y marítimo: 
Dos aguas, Esteban Duperly 
El viejo y el mar, Ernest Hemingway
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