Por: Ana María Arboleda
Cada miércoles, poco antes de que la mañana termine, Mariela atraviesa la puerta de la Biblioteca Pública Comfenalco La Aldea tomada del brazo de don Yesid.
Él la acompaña desde su casa hasta la biblioteca y apenas cruzan la entrada, el ritual comienza a repetirse con naturalidad. Mariela saluda a quienes ya estamos allí, pregunta quiénes han llegado ese día y espera, sin afán, a que aparezcan Martha Rosa, Jaime, Carolina o alguno de los lectores voluntarios que acostumbran sentarse con ella. Antes de abrir un libro siempre hay tiempo para un café. Conversan sobre cómo estuvo la semana, recuerdan alguna historia pendiente, hablan del clima, de la familia o de cualquier asunto cotidiano. Solo después empiezan a leer.
Podría decirse que Mariela viene a la biblioteca para escuchar libros, pero esa afirmación dejaría por fuera lo más importante. Mariela viene porque aquí la lectura nunca ocurre en soledad. Cada página es también una conversación; cada encuentro es una forma de compañía. Los libros son el punto de partida, pero alrededor de ellos sucede algo mucho más difícil de nombrar: la posibilidad de sentirse parte de una comunidad.
Durante mucho tiempo, pensé que mi trabajo como promotora de lectura consistía, principalmente, en acercar los libros a las personas. Llevo más de diez años trabajando en bibliotecas públicas y, si algo me ha enseñado este oficio, es que las bibliotecas hacen mucho más que formar lectores. Son lugares donde las personas llegan para encontrarse con historias, sí, pero también consigo mismas y con los otros. Hay quienes vienen buscando un libro y terminan encontrando una amistad; quienes llegan para ocupar una tarde y descubren una rutina que les devuelve el deseo de salir de casa; quienes encuentran en el club de lectura un espacio donde, sin darse cuenta, vuelven a pronunciar su voz.
Mientras leía Clase de griego, de Han Kang, no podía dejar de pensar en escenas como la de Mariela. La novela narra el encuentro entre una mujer que ha perdido la voz después de un trauma y un profesor que poco a poco va perdiendo la vista. Ambos coinciden en un curso de griego antiguo intentando recuperar, cada uno a su manera, una relación con el mundo. Lo que Han Kang construye con una delicadeza extraordinaria no es únicamente una historia sobre el lenguaje, sino una reflexión sobre la manera en que los seres humanos logramos sostenernos cuando la vida nos ha dejado alguna herida difícil de nombrar. Sus personajes no se salvan mutuamente; simplemente permanecen. Y, a veces, permanecer es la forma más profunda del cuidado.
Desde que terminé esa novela he vuelto muchas veces a la vida cotidiana de la biblioteca. He pensado que, de algún modo, aquí ocurre algo parecido. No porque las bibliotecas tengan la misión de sanar la salud mental de las personas ni porque sustituyan el trabajo indispensable de los profesionales que acompañan esos procesos. Su papel es otro, quizá más silencioso, pero no menos importante: ofrecer un lugar donde la vida pueda seguir ocurriendo en compañía.
La Aldea está llena de esas historias.
Está don Jaime, que casi todos los días atraviesa la puerta con una bolsa de buñuelos, unas mandarinas o cualquier fruta que decidió compartir. Podría pensarse que viene a traer comida, pero quienes lo conocemos sabemos que lo que realmente trae es tiempo. Se sienta a conversar, pregunta por quienes hace días no aparecen, saluda por su nombre a usuarios y bibliotecarios y, antes de irse, suele regalar un abrazo. Su presencia nos recuerda que una biblioteca también puede convertirse en una extensión del barrio, un lugar donde los afectos circulan con la misma naturalidad que los libros.
También están doña Amparo. Llegó al club de lectura porque quería leer más. Con el tiempo descubrió que las novelas eran apenas el comienzo. Entre páginas compartidas fueron naciendo conversaciones, afinidades y amistades que hoy continúan mucho más allá de las reuniones del club. Los libros hicieron lo que mejor saben hacer: tender un puente entre las personas.
Historias como estas me han llevado a pensar que, cuando hablamos del impacto de una biblioteca, solemos mirar aquello que resulta más fácil de contar: el número de préstamos, los talleres realizados, la asistencia a las actividades. Son datos importantes, pero no son los únicos. Lo más valioso ocurre, casi siempre, fuera de las estadísticas. Ocurre cuando alguien vuelve porque sabe que aquí pronunciarán su nombre. Cuando una conversación interrumpe una tarde de soledad. Cuando una lectura compartida termina convirtiéndose en amistad.
Quizá esa sea una de las formas más discretas y profundas de la promoción de lectura. No se trata únicamente de acercar a las personas a los libros; se trata de crear las condiciones para que los libros acerquen a las personas entre sí. En tiempos en los que la soledad se ha convertido en una preocupación creciente para nuestras sociedades, las bibliotecas siguen recordándonos que una comunidad también puede construirse alrededor de una mesa, de una taza de café y de alguien que lee en voz alta para otro.
Tal vez por eso, cuando pienso en la biblioteca, ya no imagino primero los estantes. Pienso en Mariela esperando a sus lectores. En don Yesid despidiéndose en la puerta con la certeza de que alguien más continuará el cuidado. En el café que antecede a cada lectura. En don Jaime entrando con una bolsa de buñuelos bajo el brazo. En las conversaciones de Amparo y Miryam después del club. Y entonces comprendo que los libros, por sí solos, nunca han sido el centro de este lugar. El verdadero corazón de la biblioteca siempre han sido las personas que, día tras día, hacen de ella un refugio para volver al mundo.