Por: Joan Guzmán.

Podríamos imaginar numerosas geografías desde las cuales observar la esencia humana. Tal vez, como a través de un cristal de múltiples facetas, la comprensión de lo que somos se revela en cada mirada, en cada filtro que elegimos para contemplar nuestra existencia. 

Uno de esos filtros es la literatura, y en particular, la escrita por mujeres que, a lo largo del tiempo, han plasmado en sus obras la trama compleja entre lo íntimo y lo visible. En ellas, la sensibilidad se transforma en un pulso creativo que nos envuelve y nos confronta, obligándonos a transitar los múltiples caminos de la identidad, la memoria y la experiencia humana. 

Las escritoras construyen, con su lenguaje y visión, un tejido de reflejos donde cada historia es un espejo que nos devuelve imágenes fragmentadas, rostros diversos, versiones de un mundo en constante transformación. Espejos que inquietan, que cuestionan y que iluminan. 

Si hay un lugar en el que esos reflejos se multiplican es en las bibliotecas. Allí, los libros abren portales donde lo íntimo y lo humano se entrelazan, donde las voces de las mujeres del pasado dialogan con las del presente, y donde la literatura femenina sigue expandiendo sus territorios. 

En el vasto universo de voces femeninas que habitan las bibliotecas, trazaremos una ruta literaria a través de una obra que, desde el Cono Sur de América, nos invita a recorrer paisajes narrativos impregnados de lo imperecedero. En ellos palpitan grandes temas universales: la identidad, la muerte, el tiempo, la memoria, y con belleza sutil, el amor. Página tras página, estas historias toman formas cuidadosas, intensas y resonantes en cada lector. 

La escritora aludida es Alejandra Kamiya, argentina de ascendencia japonesa. Sus libros, desde el título, evocan poesía. Los árboles caídos también son el bosque (2015, Ediciones Bajo la Luna; 2024, Eterna Cadencia), es el primer volumen de una trilogía de cuentos que, en palabras de la autora, juntos conforman una sola obra.  

El cuidado y la delicadeza por la palabra resplandecen con una belleza sutil. “Lo que está muerto, es parte de lo que está vivo”, dice la autora en una entrevista. Y, es que no se puede esperar menos de su prosa, influenciada por una lectura contemplativa y reposada del mundo, de la literatura en general, y por la poesía de autores japoneses, cuyas obras comparte y traduce junto con su padre. 

El sol mueve la sombra de las cosas quietas (2019, Ediciones Bajo la Luna; 2024, Eterna Cadencia), es el segundo libro, en el cual la autora da continuidad a su búsqueda por la belleza y una mirada hacia la extrañeza, por una inmersión cadenciosa en el abismo interior, por el misterio oculto en lo cotidiano, en los objetos, en la partida de alguien que se ama, en la ausencia de las cosas. Cada imagen que nos entrega Kamiya es iniciar un viaje en el aliento tibio de las historias, que nos llevan al fondo de la existencia.  

La paciencia del agua sobre cada piedra, (2023, Eterna Cadencia), es una pregunta abierta por los vínculos humanos, por los sueños, por pequeñas decisiones subordinadas al azar: caminar en lugar de tomar transporte público, levantarse en lugar de permanecer acostada.  

No busca respuestas —menos importantes que los tratados sobre el arte de escribir con belleza que Kamiya nos deja en cada cuento—, sino que nos revela, con el brillo de reflejos fragmentados, la exaltación de lo invisible en las cosas simples, los corpúsculos mismos del amor, como parte de una urdimbre tan firme y delicada como los filamentos de una tela de araña. 

Encuentra la obra de Alejadra Kamiya y otras autoras latinoamericanas en el Ecosistema de Bibliotecas de Comfenalco Antioquia, asimismo, en sus recursos digitales:  

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